Cuando hablamos de conflictos referimos a un disenso o discusión, incluso, a un enfrentamiento o combate.
En materia jurídica, trabajamos con disensos, vale decir, con personas que no están de acuerdo en algo.
El desacuerdo es algo inherente a la existencia humana, ya que es absolutamente natural que diferentes personas tengan perspectivas o percepciones distintas respecto de un mismo hecho o situación. Freud dijo algo así como que cuando dos personas piensan siempre lo mismo sobre todo, una de las dos está pensando por ambas.
Es decir, es natural vivir con conflictos. ¿Entonces, por qué tiene tan mala prensa? ¿Por qué queremos ocultarlos o pasarle la pelota al otro?
Yo entiendo que el primer punto para abordar los conflictos de otra manera es darles la entidad que tienen, según el caso. Son algo natural en la convivencia humana.
De ahí en más, su gestión será diferente según la índole del asunto.
En el ámbito legal estamos frente a conflictos en los cuales existe un encuadre jurídico que, a veces favorece más a alguna de las partes. En otras situaciones, las partes necesitan resolver un conflicto que tiene un marco normativo de referencia y punto. Es el caso de los divorcios o las sucesiones. Son cuestiones en las que, en general, si logramos gestionar los conflictos podemos llegar a acuerdos que eviten la instancia judicial.
También podemos hacer lo propio con temas en los cuales la ley pareciera darle la razón a una de las partes.
El punto es lograr, desde la abogacía, un cambio de mirada que se traduzca en la capacitación de abogados que ayuden a las partes a gestionar sus conflictos, bajar los decibeles, iniciar negociaciones que, en principio, las ayuden a recomponer la comunicación y comprender la posición de la otra parte.
Esto, desde ya, no es tarea fácil. Por tres motivos.
Uno, no todos los abogados están dispuestos a salir del antiguo paradigma litigante que solo pretende obtener una victoria sobre la otra parte a la cual se la considera un adversario.
El otro problema son las partes. Lo que las partes quieren y fundamentalmente, cómo ven las partes al conflicto.
El tercero, la visión social en relación a la abogacía que ve en nosotros a personas que agrandamos los problemas en beneficio propio y que, trae como consecuencia que las personas, a veces, no confíen en los procesos de negociación, no le encuentren sentido cuando no hay acuerdo y básicamente, no quieran pagar honorarios por un trabajo que consideran menor.
Entonces, si desde la abogacía queremos promover un cambio necesitamos trabajar en las tres áreas.
Creo yo que la primera es la interna; necesitamos promover un cambio desde la abogacía para construir un nuevo modo de ejercicio profesional que sea valorado por los pares.
Necesitamos educar en las bondades de los acuerdos y en la necesidad de adquirir recursos para negociar de otra manera. Si seguimos negociando según el antiguo paradigma de negociación desde las posiciones, es decir, si seguimos yendo a las mediaciones o intentando negociaciones con el mismo chip que usamos para litigar, los buenos resultados son más difíciles de obtener.
La negociación desde las posiciones es aquella en la cual cada quien manifiesta su postura, el abogado defiende a su cliente para que este gane el mejor acuerdo posible aún a costa de la otra parte. Entonces son negociaciones que se parecen más a un regateo que a una indagación verdadera de las raíces del problema, los intereses en juego, las opciones disponibles para avanzar en la negociación. Desde ya que con este estilo de negociación en el cual, de todos modos, se pretende ganarle a la otra parte, a través de cesiones y concesiones recíprocas, la relación de las partes no obtiene ninguna reparación especial.
El segundo punto es la difusión que necesitamos hacer en la sociedad para que concurran a la consulta lo antes posible y busquen abogados pacificadores; es decir, concientizar en relación a los beneficios de abordar el conflicto lo antes posible para evitar la escalada conflictiva ascendente que tienen y buscar abogados que ayuden en encontrar soluciones no a entablar litigios.
Los litigios tienen por resultado una sentencia que establece quien ganó y quien perdió, pero no brinda una solución al conflicto. Mucho menos, una solución autocompositiva del mismo
El tercer punto, es el que tiene que ver con el cambio de vinculación con el cliente.
Necesitamos, desde la abogacía, salir del paradigma que nos hacía hablar frente al cliente, usando un vocabulario difícil de ser comprendido, diciéndole que íbamos a hacer tal o cual cosa, haciéndole firmar un pacto de honorarios y a veces, un poder.
Ese paradigma escuchaba del cliente solo la descripción del conflicto formulada desde la posición que la parte tomó en el mismo. Y, a partir de ello, le daba un encuadre jurídico, armaba una estrategia para actuar y se la informaba al cliente.
La consecuencia era que teníamos a clientes que no habían entendido nada, que confiaban parcialmente en su abogado y que luego se veían sorprendidas por una resolución que llegaba, a veces, diez años después.
Este paradigma propone vencer a la otra parte, sosteniendo la mirada del otro como enemigo.
El nuevo paradigma en el abordaje de conflictos implica cambiar, en principio, la primera consulta con el cliente. Esto es: escucharlo, con todos los atributos de la escucha que se usa en la negociación; vale decir, escucha activa, empática y efectiva. El que tiene que hablar en la primera reunión es el cliente. El rol del abogado es escucharlo y comprender qué le pasa con ese conflicto; desde qué lugar lo ve y luego, indagar en qué quiere hacer con el mismo.
Para eso es necesaria la escucha, la empatía, la asertividad y la formulación de preguntas que nos permitan reconocer los intereses y necesidades subyacentes debajo de las posiciones que se muestran en principio.
La posición es lo que el cliente dice del problema, lo que cuenta. Los intereses nos reflejan para qué quiere lo que está pidiendo y las necesidades nos hablan del para qué, vale decir, qué necesidades quedan desprotegidas. Son como capas de una cebolla que hay que ir descubriendo a través de la escucha.
El conocimiento de los intereses de nuestro cliente nos permite saber qué quiere conseguir realmente, desde qué perspectiva está viendo el asunto y qué posibilidades tenemos de negociar el tema.
Una vez que hicimos todas las indagaciones necesarias para encuadrar jurídicamente el tema, es hora sí de hablar; de contarle al cliente, no solo el encuadre del caso, las máximas y mínimas esperables judicialmente, sino también averiguar si le gustaría trabajar en la autocomposición de ese conflicto que le pertenece.
Ese es un punto: el cliente tiene que sentir que el conflicto es suyo. Más allá del encuadre jurídico, necesitamos salir de ese lugar del otro tiene la culpa.
Aun así, el conflicto es suyo y ahí radica la fuerza de su poder. Porque desde ese posicionamiento en el conflicto, es posible avanzar en negociaciones en las que las partes puedan reconstruir la relación dañada e incluso restablecer la confianza también dañada entre ellas.
Para esto necesitamos descubrir, en primer lugar, si vamos a poder negociar con la otra parte o si vamos a tener que ir directamente a mediación, donde, claramente se busca este acercamiento para llegar a un acuerdo.
En esa ocasión podemos tener el problema de que la otra parte no quiera negociar e incluso que sea su abogado el obstáculo para negociar.
Sin embargo, también puede suceder que logremos trabajar en equipo. Esto es comprender que las partes tienen un problema para resolver, que si trabajan en un clima de cooperación y colaboración pueden llegar a un acuerdo que las satisfaga a ambas sin que ninguna pierda. El famoso ganar-ganar
Para esto necesitamos que las partes trabajen en conjunto frente al problema, y avanzar en conversaciones en las cuales podamos descubrir los intereses de ambas partes para luego proponer (tormenta de ideas mediante) opciones que nos den alternativas posibles para empezar a trabajar en la elaboración de un acuerdo.
Es fundamental cuidar la relación de las partes a lo largo de la negociación, para mejorarla o por lo menos no dañarla aún más.
Si logramos mejorarla, estaremos sentando las bases para que puedan gestionar futuros eventuales conflictos.
En la negociación por intereses se busca ampliar la cantidad de opciones posibles, es decir salir de las posiciones antagónicas, lo cual permite que ambas partes puedan satisfacer sus intereses y sientan que el acuerdo al cual se arriba está fundado en criterios objetivos que lo hacen justo para ambas.
Lograr un acuerdo prejudicial les permite a las partes ser artífices de la creación de la solución del conflicto que las tiene por protagonistas, es decir, confeccionar una sentencia a su medida.
El punto fundamental a tener en cuenta en los acuerdos es que estos sean de cumplimiento posible y duradero. Esto es correr el foco de las cláusulas de incumplimiento y mora (lo cual no quiere decir que no estén) para ponerlo en chequear que las partes se comprometen a algo que van a hacer.
Cuando logramos negociar de este modo, escuchando a las partes, permitiéndoles el desahogo y logrando la escucha respetuosa de la otra parte, aún si no se llega a un acuerdo, logramos avanzar mucho en la gestión del conflicto, lo cual cuida a las partes y da más chances para que pueda lograrse un acuerdo en la instancia siguiente.
Necesitamos tener presente todo el tiempo que los acuerdos pueden celebrarse en cualquier momento.
Pensar que la abogacía puede ofrecer los recursos necesarios para llevar soluciones a los problemas que nos traen, es darle una función social suplementaria a la que ya tiene al colocarnos como nexo entre las personas y el acceso a la justicia.
Esto implica comprender también, que hoy en día, cuando hablamos de acceso a la justicia referimos, en realidad, al acceso a un abogado ya que la autocomposición de conflictos efectuada en la esfera extrajudicial es también una forma de justicia.
Por eso, yo digo que hoy en día abogar es pacificar, en el sentido de comprender que ya no necesitamos solamente a abogados que nos representen en tribunales para hacer valer nuestros derechos; necesitamos a abogados que nos acompañen y ayuden a encontrar soluciones a los conflictos legales que, una vez dentro del sistema judicial, llevan a una angustiosa espera de años que, finalmente, no trae reales ganadores de nada y mucho menos soluciones.
La sociedad necesita aprender recursos para autogestionar conflictos en tiempos complejos en los cuales cada vez existen más formas de violencia.
Desde la abogacía, con la formación de nuevos profesionales que hayan aprendido habilidades extrajurídicas, podemos ayudar no solo a llevar soluciones sino a que las personas logren empezar a comprender la mecánica de los conflictos, esto es, el poder del lenguaje y la variable de perspectivas que hace que cada quien vea el conflicto desde su propio lugar, lo cual no implica que siempre haya alguien que tenga razón.
Esto es pasar de la disputa al disenso. De la confrontación a la argumentación.
Del sistema adversarial al colaborativo. Lo cual se traduce en levantar puentes y no muros, en trabajar en conjunto para llegar a soluciones superadoras de las respuestas que pueden dar los tribunales años después.
Gestionar los conflictos y lograr una solución para un caso dado implica también enseñarle a las partes que, si van a mantener un vínculo, como sucede en las cuestiones de familia, es posible que sigan existiendo situaciones que generen cierta incomodidad e incluso algún disenso, pero que van a tener los resortes necesarios para convivir con cierto grado de tensión o solucionar aquello en lo cual no estén de acuerdo. Por eso, es importante que estos acuerdos tengan previsto algún modo de acercamiento si vuelve a existir un conflicto que las partes no pueden manejar, de modo tal que, en ese caso, se pueda abordar apenas se empieza a gestar.
Estos acuerdos son claramente superadores de los que se hacen con el concepto confrontativo, por eso se los llama acuerdos trascendentes o conscientes.
Pensar en la abogacía como una profesión que, teniendo en cuenta las previsiones legales ayuda a las partes a lograr soluciones extrajudiciales implica asumir el desafío de crear una abogacía consciente, lo cual trae consigo la invitación a conectar con el verdadero sentido de lo que estamos haciendo y de lo que la sociedad necesita de nosotros/as.